Movimiento en lo inhumano

 

Tal vez, tal como lo dijo Zizek, ya no sea tiempo para las grandes causas.
Parece que no hay lugar para las grandes ideas sino para los actos sublimes.
Las verdaderas ideas al parecer son eternas e indestructibles, vuelven siempre que se anuncia su muerte. Pero, ¿de qué le sirven a una sociedad en la que vale más no intentarlo? Ya parece natural que el Otro se reduzca a un interlocutor mudo. Sin embargo, ahí está en cualquier lugar, en el momento preciso, y es imposible escapar de él.

Probablemente sean igualmente reprochables aquel que por seguir sus instintos sádicos se sienta en primera fila a observar un espectáculo hostil, que aquel que prefiere esconderse para no luchar con sus demonios después de la bofetada que recibe por el hecho de huir. Una masacre ante la cual cierra sus ojos. No enfrentarse al dolor del Otro le pega a su ego, ego que se alimenta de los actos “bondadosos”.

Paradojas de la raza humana. Esas que alimentan nuestra multiplicidad de verdades, nuestras máscaras. Es así como todos los enemigos, son aquellos de quienes no hemos escuchado su historia. Con seguridad el fracaso fue su final y los efectos que se han hecho evidentes con el pasar de los años son muestra de la tragedia en la que puede desembocar dirigirse hacia el camino equivocado. Pero quizás debamos dar estos pasos en otra dirección y no dar cabida a la indiferencia. Arriesgar y tras fracasar, luego fracasar mejor.

“Mi primer filme, El jardinero  de orquídeas, empezaba con un cartel en el que se decía que la película estaba dedicada a una chica muerta de leucemia y se incluían las fechas de su nacimiento y de su muerte. ¡Era todo mentira! Y manipulador y cínico, porque me di cuenta de que, si una película empieza así, el público se la toma mucho más en serio” (Von trier, 2003, p.252).

El dolor nos alimenta y la lucha por las causas perdidas nos motiva. Una especie de placer, ansias de sentir y de encontrar. Dos salidas: enfrentar o escapar, porque la responsabilidad en ocasiones es insoportable. Pero a fin de cuentas ese entusiasmo que se genera cuando se persigue una causa, de cualquier índole, genera movimiento y el movimiento, una transformación.
Es hora de defender las causas perdidas.

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