Night House Por Astrid Fernández

Yo no puedo pedir un aro de Saturno para mi delgado puño

ni una cinta de agua para amarrar tristezas.

En cambio, sí puedo ofrecer la excitante abertura

que centra mis labios.

Clemencia Tariffa

 

La primera vez que la vi, me sentí atraída por ella. Era un día frío y la lluvia golpeaba la ciudad. La casa tomaba un aspecto descolorido, una casa azul, que desprendía olor a menta y sudor, una casa de apariencia normal durante el día, pero conforme a la oscuridad se iba transformando, alzándose con los avisos de neón para los que buscaban consuelo. Un consuelo efímero y placentero.

Aquella casa no superaba las cuatro plantas, era profunda. En la entrada se observaba una barra llena de licores, donde hombres viejos y algunos jóvenes gastaban la mísera quincena en compañía de jóvenes voluptuosas. En el centro, una pista de baile, en medio dos tubos de pole dance donde danzaban las más expertas, alrededor sillas y mesas para los clientes. En cada planta había extensos corredores, cuadros de desnudos hechos en óleo, los pisos estaban elaborados en un material semejante al mármol y las paredes lucían un color verde manzana, lo que daba una sensación de tranquilidad. Un pequeño hall de espera con muebles forrados en cuero negro y ocho habitaciones enormes, cada una con una confortable cama, adornadas vistosamente por la dueña de la casa. En el último piso, las habitaciones donde se alojaban las jovencitas.

Fui contratada para embellecer a esas pequeñas putas que no superaban los veinticinco años. No podía decir que no, como ellas no pudieron decir no, un no equidistante al vacío y al sufrimiento, como al hombre que no le dan a elegir entre la luz y la oscuridad y nace para permanecer ciego, de esta manera llegué a habitar está casa.

Era sábado cuando Salomé llegó de vacaciones. Traía una enorme maleta y un abrigo colgando del brazo. Estaba mojada, temblando del frío, el cabello desparramado, semejante a una niña que ha jugado por horas debajo de la lluvia, brincando sobre los charcos que iba encontrando a su paso. Su rostro se adornó con una sonrisa algo infantil. Las saludó a todas. Por último, la dueña de la casa me presentó rápidamente como la nueva estilista. Ella sostuvo su sonrisa y me saludó como si nos conociéramos de toda la vida.

Los días trascurrieron y yo arreglaba uñas, cabellos quemados, resquebrajados por el uso y el tiempo. Allí éramos dos las estilistas, así nos repartíamos las labores; entre todas las mujeres Salomé era poco exigente. Su rostro angelical la eximía de tanto maquillaje burdo y grotesco que solían usar las más usadas, las más amargas. Era fácil entrar en su mundo, en sus gustos sencillos y aun ingenuos. Fueron pocas las veces que hablaba de lo que le solicitaban los clientes o de su vida, tal vez buscando la manera de evadir esos instantes que se iban trasformando en recuerdos que parecían mortificarla, no era mucho lo que ganaba, pero era suficiente para sobrevivir en una ciudad pesada, envidiosa, pequeña e ignorante, un pueblo con ínfulas de ciudad.

En ocasiones, me miraba con un aire de complicidad y solía desnudarse sin ningún tipo de pudor, la observaba frágil, sensual mientras se acercaba con pasos lentos como un felino acechando a su presa, podía jurar que lo hacía de manera intencional, que disfrutaba verme ruborizada, intentando salir de la habitación apresuradamente. Luego de esos episodios, solía llamarme como si nada hubiera pasado, para que continuara con el ritual de belleza riendo disimuladamente.

Muchas veces pensé en renunciar. Desde que ella llegó, los días dejaron de ser iguales. Las noches se hicieron largas y un pensamiento no dejo de rondar mi mente, cómo no recordarla blanca, sensual, apetecida por muchos, más aun por su corta edad, sus ojos claros, delgada, esbelta, tendida en el diván rojo de la enorme habitación, y esa excitante abertura de los labios, los pequeños senos, blanquísimos como ella. En esos instantes me hubiera gustado lanzarme entre esos pechos, mordisquear sus labios húmedos, enroscarme en esa cintura tan breve como la noche, noches perdidas cuando vendía su cuerpo al mejor postor. Esas noches alucinantes por el alcohol y la cocaína que solía consumir antes de entregarse a su oficio.

Muchas noches soñé enredándome en ese cabello que desprendía un olor a almendras, apretando su cuerpo junto al mío y convenciéndola de que era mejor estar lejos de esta agreste ciudad que nada ofrecía, de esos hombres fofos y gordos llenos de billete y totalmente desgraciados, pero yo que era una cobarde, hija de padres conservadores, educada bajo principios católicos, me remordía la idea de haber descubierto que Salomé taladraba en mis pensamientos.

Un viernes, como era usual, le arreglé el cabello, las uñas y luego la maquillé. Un silencio grave rodeaba la habitación. Esta vez no pronunció palabra. Al cabo de un tiempo un suspiro hondo y triste emergió de ella, me fijé en su rostro. Pensé en su soledad, en su trágica belleza que la condujo a ese lugar. Al terminar recogí los elementos, me aproximé a la puerta para salir de la habitación. De repente, ella rompió ese mismo silencio, se levantó brusca y rápidamente de la silla dirigiéndose a la puerta y puso el seguro, se quitó la bata que ocultaba su desnudez, tomó mi rostro con las dos manos y lo acercó al suyo, cerré los ojos queriendo omitir su imagen, para no hundirme en sus ojos llenos de soledad, sentí su aliento fresco respirando en mi rostro, y la humedad de sus labios en los míos. Siguió besándome hasta dirigirme al borde de la cama, hábilmente me quitó cada prenda y en par de segundos estuve desnuda. Se volcó sobre mi cuerpo tembloroso y torpe, sus manos sostuvieron las mías y recorrieron aquel cuerpo impregnado de lluvia y melancolía. Algo en mí estaba cambiando, seguí recorriéndola sin ayuda, sentí su humedad, el sabor a noche, a lágrimas pesadas, a licor barato. Me enrosqué en ella, tan trasnochada, en ese cuerpo profanado muchas veces, lamí sus pezones blandos y rozados, y su olor, ese olor a almendras salpicó toda la habitación, ese olor, que por un instante compartimos.

Un sueño pesado me arrastró a lo hondo de la cama, un sueño que no logro recordar. Cuando desperté, ella no estaba. No sé cuánto tiempo pasó, era tarde, recorrí la habitación intentando revivir cada detalle, pero faltaban cosas. Las pertenencias de Salomé no estaban. Me detuve en la ventana. Ella estaba ahí como la primera vez, su maleta y el mismo abrigo con el que la vi llegar también la acompañaban. Minutos después, un hombre corpulento vestido de negro llegó en una camioneta. El mismo hombre subió el equipaje y abrió la puerta. Salomé observó la ventana, vi en sus ojos un adiós sin regreso. La vi partir.

Desde entonces, no he sabido lo que es fundirme en otro cuerpo que no tenga ese mismo sabor a lluvia y a melancolía. Decidí embriagarme de licor barato, de lágrimas pesadas, de sudor, de cuerpos trasnochados, decidí ser odiada, ser excomulgada y venderme cada tarde y cada noche, a quien lleve tacones y minifalda.

 

 

 

 

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