Eso SÍ NO me lo puedo creer Por David Fernández.

Normalmente, en las mañanas suelo abrir mis ojos a las 5:30 de la mañana, para darle gracias a Dios por mis 91 años de vida, pero no cualquier vida, una dura: esa que llamamos la vida del campo. Desde mi primer cuarto de siglo, he estado involucrada en la política colombiana, en la que mi señor esposo, quien falleció el 8 de abril 1973 en la ciudad de Abrego, Nte. De Santander, participó activamente, siendo alcalde en Bucaracica, en Cachira -dos veces-, Villa Caro y Toledo; y también juez en: San Calixto y Cachira. Esto me exigía responsabilidades como esposa de un político.

Recuerdo aquel octubre de 1957, cuando Alberto Lleras y Laureano Gómez se aliaron para quitarle el poder a Gustavo Rojas Pinilla. Ese mismo año, se le dio el derecho a votar a las mujeres en esa elección atípica, la que jurídicamente establecería el frente nacional. Yo tuve la oportunidad de ser la presidenta de la mesa de votación, que se estableció en mi casa, en esos momentos vivíamos en Bucaracica; al ser un municipio pequeño no había donde más votar.

Ahora bien, hoy, 2 de octubre de 2016 me levante con más afán que el de siempre, con un compromiso por mi país, la edad no fue obstáculo, mis heridas en los pies tampoco, sabía la importancia de cumplir mi cita con el segundo plebiscito del país. Llame a mi hija Eddy, quien por el trafico tenía un retraso de minutos. Desde siempre he sido muy cumplida. Me recogió y llevo a mi punto de votación en la 116 con autopista. Sinceramente no me leí los acuerdos, pero no debía tener 3 dedos de frente para saber la importancia de un plebiscito.

La campaña del sí, que era sincera, sin tapujos y mentiras, me instruyo muy bien acerca de cómo votar; mientras que la campaña del no, con su demagogia de odio y rencor, reflejaba en sus seguidores, una inocente conciencia usada para retrasar el proceso. Ya cumplida mi labor de votar, me dirigí a mi casa a seguir los boletines de la Registraduría, los cuales, desde el primero, mostraban una ventaja del no. Siendo las 4:30pm, ya había una tendencia, el no se posicionaba como el ‘ganador’.

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Yo llena de incertidumbre, pensando en una repuntada del sí, tome con paciencia los resultados, pero al pasar el tiempo, no me quedó más que la resignación y la tristeza, recibí la llamada de mi hija mayor, Marlene, quién vive en Ocaña, Nte. De Santander, un municipio azotado por la violencia. Las primeras palabras que oí de la boca de mi hija eran: ¡Mamá! No lo puedo creer… En mi cabeza solo pasaba que toda mi descendencia, nada más por el hecho de yo darles este ejemplo de vida, debieron optar por el SÍ. De la misma manera me era imposible concebir que este plebiscito se tornara del no, y más triste que pensarán que ganaban, cuando quienes perdían eran personas, que como yo, salieron a votar, siendo de una edad avanzada, o viviendo a dos horas de un punto de votación, también víctimas del conflicto. (Caso tal el de Bojayá, un municipio en el que murieron 119 colombianos en una capilla a causa de una bomba de las FARC-EP, y gano el sí con un 95%, este mismo fenómeno replicado en toda la periferia del país).

Argemira, quien es mi abuela materna, me dejó una lección, que no importaba las circunstancias, había que salir a votar, también, al participar en el plebiscito anterior y saber que ha vivido el conflicto frente a sus propios ojos, me deja con un sin sabor, en el que el 63% de personas decidieron no darle importancia, o no tenían las garantías para ejercer su derecho al voto. El otro 50,21% quienes decidieron ‘renegociar’ los acuerdos, tengan en cuenta la historia, las víctimas y lo que ellas querían, muchos en desacuerdo y con muertos a sus espaldas decidieron olvidar y pasar la página, otros como mi abuela votaron sí a la paz, no la del presidente, sino la de las víctimas, que hoy deja en evidencia una polarización igual a la de 1957, en la que títeres de los mismos políticos hemos escogido seguir personas y no la paz.

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