De la oscuridad nace la luz Por Angela Lozada

Me sumergí en una profundidad etérea, en donde los pensamientos se chocan y se multiplican velozmente.

Allí estuve, en la mitad de un sueño oscuro, moviéndome suavemente para no romper ese silencio perfecto.

Era el refugio de esos deseos anclados al pasado, del eco de un sueño roto. No me detenía, no había miedo.

Tal vez no era infinito pero si era tangible. Mis manos rozaban el aire pintado de esperanza, mientras mis labios se acercaban tímidamente a una copa llena de calma.

Fue así como fui tomando todo aquello que perdí o que no supe que tenía. Encontré por ejemplo un inmenso collar de abrazos, ideal para caer sobre mi pecho.

De repente un paso en falso, una mirada que se pierde en el inmenso mar de promesas huecas y besos que no vuelven. Empiezo a regresar, cargada de reencuentros y descubrimientos.

En la superficie flota una luz, incesante y diminuta. Voy tras ella y logró alcanzarla. Al llegar encuentro mi reflejo, el que surge entre las sombras y brilla eternamente.

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